Los Gorriones

Le temblaban las manos o iba perdiendo el control... Pasó algo y la taza de té que llevaba se le escurrió de las manos y cayó al suelo. Junto con la taza, su corazón también se hizo pedazos. Otra vez lo que cayó al suelo era té con azúcar.

En el otro extremo del pasillo se vio la cara de enfado de su madre. Ella, cuando estaba enojada, se veía tan horrible que causaba mucho temor. Hasta soñaba con aquella cara cada dos días. Su madre, con aquella cara horrible, poniendo sus ojos en blanco, se le acercaba como una tormenta. Entonces, su sombra gigantesca cubría todo por completo, como si cayese la noche, todo se llenaba de tinieblas. Y ella se quedaba sola en la oscuridad de su sombra... Encogiéndose de miedo, se convertía en pequeñitas gotas de agua, y su madre, con sus grandes pies, pasaba por encima de ella. La pisaba y aplastaba. Y ella, agotada, con sus miles de gotas extendidas por todo el suelo, buscaba ayuda.

Añoraba a su abuela... Querría apoyarse en su pecho y perderse en su vientre. Pensó que, si pudiera entrar ahí, no saldría nunca. Se quedaría ahí. Leería, escribiría, dormiría y despertaría ahí. El vientre de su abuela era tan grande y profundo como un océano, tanto que, si quisiera, hasta podría montar en bicicleta dentro. Su madre todavía la estaba mirando desde el otro extremo del pasillo y, contemplándola a ella, apretaba sus dientes, cerraba sus puños y su rabia, como el viento, despeinaba su pelo.

Empezó a recoger los cristales del suelo, que se clavaron en sus dedos y la hicieron sangrar. Su madre, respirando lento, la miraba desde lejos. Parecía que no tenía la fuerza para enfadarse y gritarle. Tal vez estaba cansada o, al ver sus dedos sangrando, se ablandó.

— ¿Te quemaste la mano? — preguntó ella.

La voz de su madre era seca y gruesa, como siempre.

Estaba temblando. Se levantó, guardó los cristales rotos en su falda y, caminando despacio, se fue a la cocina. Mientras caminaba, sentía que la flechaban por la espalda con miradas llenas de espinas. Su madre la asaeteaba de ese modo desde su habitación. La disparaba golpeando con sus manos su máquina de escribir de modo resonante y furioso. Hasta en sus sueños la disparaba.

Soñaba que su madre, en su máquina de escribir parecida a un carro de combate, retumbando, se acercaba a ella. Presionando las teclas la acribillaba a balazos, llenándola de plomo. Y ella caía al suelo y moría. Pero, a veces, levantaba su cabeza y, al exhalar su último aliento, veía su cuerpo lleno de heridas, dándose cuenta de que las que se clavaban en su cuerpo no eran las balas, sino las letras. Su cuerpo se llenaba de letras de imprenta y ella, estremeciéndose, se arrastraba como una serpiente y buscaba un lugar para esconderse de su madre. Y, de repente, vio que el lugar donde se escondía era la letra “Ü”.

Tiró los cristales rotos a la basura y, mientras escuchaba a escondidas, empezó a quitar uno por uno, con calma, los que quedaron en su ropa, tirándolos al lavamanos.

Su madre todavía estaba en el pasillo y su aliento, lleno de ira, enroscándose como una serpiente venenosa, se extendía por toda la cocina.

Una vez tuvo una pesadilla. Soñaba que entraba de puntillas en la habitación de su madre y, caminando lento, se le acercaba por la espalda. Su madre estaba sentada de espaldas a la puerta, por eso no percibía su presencia. Aunque se colocaba delante de su madre, ella no la veía. Se quedaba mirando a lo lejos con sus manos puestas sobre sus rodillas.

¡Madre! —dijo ella, pero su madre no la hacía caso.

Entonces le dio un toque en el hombro y su madre, tambaleándose como un maniquí hueco, se cayó de costado al suelo y, como la muñeca sin cabeza de su hija, tardó mucho en romper a llorar. Entonces ella, con mucho miedo, llorando, se lanzó sobre su madre, le agarró de su brazo y quiso levantarla del suelo pero se le había dislocado un brazo. Se le rompió la cabeza y rodó por el suelo. Llevó los pedazos de su madre a su habitación. Se le había anquilosado todo el cuerpo y le costaba respirar. Ahí, en su habitación, intentó encajar todos los pedazos pero no pudo lograrlo.

Se cerró la puerta de la habitación de su madre y al poco tiempo la casa se llenó de los golpeteos de la máquina de escribir.

Se sentó en la silla dando suspiros y pensó por qué escribía tanto su madre.

Para averiguarlo, una vez entró a escondidas en su habitación y, rebuscando los papeles acumulados, leyó todo lo que había escrito su madre. Pero no pudo comprender nada.

Su madre había escrito algo de los gorriones.

Pensó que quizás ella amaba a los gorriones o ella misma era un gorrión y por eso no la amaba o, al contrario: no la amaba porque no era un gorrión. ¿O sí la amaba? Sí, a veces la amaba. Sobre todo cuando ella se ponía enferma. Especialmente cuando tenía fiebre. Entonces su madre, aunque fuera por un rato, olvidaba su máquina, no la gritaba, ajetreaba como una loca en casa. Clavaba sus ojos en ella, callada, a veces le tocaba la frente con sus labios para tomarle la temperatura. Después volvía a mirar a lo lejos. Ella no podía sentir el calor de sus labios. Su madre, del mismo modo, con sus labios fríos, comprobaba el calor de la plancha de hierro, así como la humedad de la ropa que recogía del tendedor.

Pensó que si muriera su madre la amaría.

Imaginaba cómo moría…Cómo la ponían en el ataúd, cómo su madre se tumbaba encima de él y lloraba…

Cuando su madre se echaba sobre ella con su cuerpo entero, entonces sentía su calor, su olor y su masa corporal. Esa tranquilidad que sentía le daba sueño.

Últimamente lo imaginaba con frecuencia. Si no temiera a la muerte, y si supiera que volvería a la vida, moriría. Sí, tal vez, moriría.

Es muy extraño que la muerte no fuera de color negro. Era fría y de color blanco inmaculado, como una mañana nebulosa de primavera. Pensó ¿qué haría ahí dentro de esa niebla densa? ¿Se sentaría o se acostaría? ¿O volaría como los gorriones? No lo sabía. Y ¿cómo iría hacia ese lugar lleno de niebla? ¿Le dolería algo o quedaría sin aliento, o sus piernas y manos trituradas por los dientes de una máquina parecida a una picadora de carne se convertirían en carne picada? Esta parte era bastante aterradora. Pensando en ello parecía que se hacía de noche. ¿O se bajaba la luz de la habitación?

Encendió la luz de puntillas y pensó que si muriera su madre lloraría por ella, sollozaría. Porque ella ya había visto cómo lloraba su madre cuando murió su abuela, rodeando con sus brazos el ataúd.

— ¡Madreee! —gritaba. Estaba afónica de tanto gritar.

Luego imaginó cómo moría su madre. Estaría acostada en el ataúd con su rostro pálido, con sus ojos pintados con antimonio, con la expresión de enfado en su cara. Entonces, ella se habría sentado al lado del ataúd y habría acariciado su mejilla pálida cuanto quisiera.

Siempre pensaba en eso, pero cuando llegaba a este punto no podía soportarlo y sus ojos se llenaban involuntariamente de lágrimas.

Entró en la cocina andando despacio. Preparó café, luego volvió a su habitación con la taza de café en su mano y no se escuchó más la voz de su máquina.

“Es muy extraño”, pensó .Parecía que su madre no se sentía sola en esa atmósfera tranquila, así como cuando se sentaba durante horas, cuando pasaba pensativamente por el pasillo ni cuando estaba enfrente de su hija. Quizás era por eso que no sentía ni las interminables horas ni el ambiente agobiante de casa.

Estaba escuchando detrás de la puerta. La tranquilidad que reinaba en la habitación de su madre se extendía por toda la casa como el agua caliente. Pensó qué hacía su madre ahora en ese ambiente tan tranquilo.

Tal vez no hacía nada, se quedaba ahí en esa habitación con la puerta cerrada, sola, sentada durante horas mirando las paredes…

Parecía que su madre se escondía de alguien ahí en su habitación. Pero, ¿de quién?

¿De ella o de su padre? No lo comprendía. Pero, una vez, en una de las peleas de sus padres, escuchó con sus propios oídos lo que dijo su madre a su padre: “Déjame en paz. Déjame morir.”

Entonces se puso a recordar cómo lloraba aquel día tapando su cara con la almohada. Pensó que tal vez su madre decía la verdad. Entraba en esa habitación para morir o tal vez moría poco a poco sentada ahí por horas.

Sí, esa mujer quería morir. Eso era demasiado obvio.

Sentía que le disminuían los latidos del corazón y pensó ¿por qué ella quiere morir? Quizás lo que escribe con ese deseo ardiente, día y noche, ¿era la razón que le hacía odiar a su hija, a su esposo, que la marchitaba día tras día?

Su padre odiaba también lo que ella escribía. Una vez en la noche abrió la puerta de la habitación de ella y dijo en un tono despectivo: “¡Odio todo lo que escribes!”

Pensó ¿por qué su padre le tiene tenía tanta rabia a su madre? Como si ella le hiciera daño con lo que escribía. ¿Tal vez le disparaba también a él?  Como a ella, desde su habitación, desde el otro lado de la pared, con su máquina de escribir negra.

Últimamente al mirar a su esposa se ponía furioso. Después, con desesperación, fingía tener fiebre, se tumbaba en la cama, miraba a la cara de su esposa, llorando levemente y decía: ¿me sientes lástima?

Pero no. Ella no le sentía lastima ni cuando se ponía enfermo.

Al llegar a este punto se turbó.

No habría sentido lástima de su padre ni siquiera si hubiera muerto. Una vez, cuando él le dijo a su esposa: “Quedarías en paz si muriera”, ella, sin ninguna expresión en la cara, contestó: “Pero no mueres”. Ahí sí estuvo completamente segura de que ella no sentía lástima, ni un poco, de su padre.

Una extraña frialdad se apoderó de la tranquilidad de la habitación.

Se acordó del día en el que huía de esa tranquilidad. Fue cuando su madre entró en su habitación de puntillas y se conmocionó por lo que vio.

Su madre estaba sentada delante del espejo, no detrás de su escritorio, y, mirándose en el espejo, lloraba en silencio…

Escuchó sonidos de hipo desde otra habitación. Su corazón empezó a palpitar rápido. Se levantó y salió al pasillo caminando lento, llegó a la habitación de su madre y abrió la puerta.

Su madre, delante de la ventana, con los brazos cruzados, estaba mirando a lo lejos. Se echó para atrás por el chirrido de la puerta y con una voz fría:

-¿Qué quieres?-dijo.

-Pensé que estabas llorando. -No, no lloro-dijo su madre. ¡Y basta de seguirme a todos lados! La ventana estaba llena de gorriones…

Salió al pasillo y se miró en el espejo de enfrente.

Pensó que, de hecho, su madre, por lo menos, una vez al día, o cada dos días la tenía que besar. Como todas las madres en el mundo que besan a sus hijos.

Pensó que quizás estaba harta de besarla.

Bueno, quizás está harta, pero, por lo menos, puede hablar con ella.

Se sentaba enfrente de su madre solo cuando desayunaban. Y la conversación era así:

Te quedaste en los huesos dijo su madre. Y ella sonrío encogiéndose de hombros.

¿Por qué no comes ?preguntó.

No tengo hambre.

¿Qué sacaste ayer?

Saqué un cinco en literatura.

De esta respuesta no varió la expresión facial de su madre.

¡Muy bien! dijo al final.

Luego, con esa cara ensimismada, se vistió y se fue al trabajo.

Por las tardes su madre estaba más furiosa. Primero se quitaba la ropa, se acostaba en la cama, luego comía algo a toda prisa e iba a su habitación y no salía de ahí .Otra vez la máquina de coser y los disparos.

Pensó ¿hace cuánto tiempo su madre está en esta situación? ¿Qué es lo que la aflige tanto?

Le estremecía el corazón, saltando de su lugar. Puso su cabeza en el respaldo del sofá y descansó un poco. Al poco tiempo, se escuchó la voz de la máquina. Pero esta vez al que disparaba era otra persona.

Ella cuando escribía en su máquina se olvidaba del mundo. Hasta sus ojos se le veían diferentes, su cabello parecía una esponja, sus dedos se convertían en un lápiz afilado y su cara recordaba la cara de un ave salvaje. No, no la de un ave; mejor dicho, de un león.

Sí, parecía un león cuando se ponía a escribir.

Anochecía. Después de un rato, su madre abriría la puerta de su habitación y, con una voz de robot, diría:

Ya es la hora de dormir diría, cerraría la puerta y desaparecería.

Y ella, en esa habitación oscura, dando vueltas en su cama incómoda y parecida a un cocodrilo de color gris, quedaría mirando el techo y esperaría a que le viniera el sueño. Pero su sueño solo vendría si viniera su madre.

A veces soñaba que su madre era cariñosa. Le confeccionaba prendas de color rosado y naranja, repiqueteando la máquina de coser en vez de su máquina de escribir. Luego la vestía, la hacía sentar en su regazo y le acariciaba su cabello. Acariciándolo se le caía el pelo… a sus rodillas, al suelo, quedaba en las palmas de su madre… Pero esto no le molestaba; al contrario, le relajaba, le daba sueño.

…Se oyó el chirrido de la puerta. Entró un haz de luz del pasillo en la habitación. Era su madre. Primero se vio su cabeza y luego todo el cuerpo, se le acercó con los pasos silenciosos y se quedó mirándola de arriba abajo.

Temblaba de miedo. Ni pudo abrir los ojos.

Su madre, por un tiempo, permaneció así .Estaba esperando algo. Luego le susurró al oído:

¿Otra vez me estás siguiendo?

No dijo sin abrir sus ojos y moviendo la cabeza.

Entonces su madre, con su mano fría como el hierro, le tapó la boca. Y ella, ahogándose por falta de aire, se levantó de un salto. Se le escurrió el libro que tenía en sus rodillas.

Se había quedado dormida…Tenía frío .Se encogió cruzándose de brazos.

Del pensamiento que se le ocurrió le entró un miedo terrible. Saltó del sofá y fue a la habitación de su madre. Abrió la puerta y asomó la cabeza. Estaba escribiendo algo, como siempre…

Entró en la habitación y se colocó delante de ella.

¿Qué quieres? se paró un momento, apoyó las gafas en la cabeza y se quedó mirándola con sus ojos apagados, sin brillo.

— Parece que estoy resfriada dijo.

Luego se cruzó de manos y tembló de frío. Dio un suspiro y, enojada, puso la mano en su frente.

No tienes fiebre dijo sin dejar de mirarla.

¿Me tomo la temperatura?

— No, no hace falta.

— Entonces va a subir.

Veremos dijo apretando los dientes.

Bajó la cabeza y caminó hacia la puerta, pero cuando llegó al umbral se volvió.

Me siento mal. Tengo náuseas y frío dijo.

Come limón y abrígate dijo su madre.

Salió de la habitación. Cerró la puerta y apretó los puños.

Volvió a su habitación y abrió las ventanas. Como la ventana estaba llena de gorriones, al abrirla, estos desaparecieron trinando.

Aunque ya había llegado la primavera todavía se sentía el frío del invierno.

Permaneció delante de la ventana por un tiempo, con su vestido fino puesto, temblando de frío y con el viento despeinando su pelo…

Sentía el frío metiéndose hasta sus huesos. Querría ponerse enferma. Que el mercurio del termómetro agrietara el cristal y saliera a chorros de tanta temperatura.

¡O que saltara por la ventana! Imaginó cómo subir a la barandilla de la ventana, cómo saltarla, cómo su cabello y la falda de su vestido, moviéndose de un lado para otro, iban hacia abajo. Cómo su madre, por un ruido abajo, tropezando, iba corriendo.

Se le hizo un nudo en la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Luego pensó que quizás su madre no vendría nunca… Dejaría su máquina de coser por un momento, asomaría por la ventana, emitiría un suspiro, cerraría la ventana, pondría sus gafas y seguiría escribiendo como una loca…

Se inclinó, de puntillas, sobre la barandilla del balcón para mirar hacia la calle. Se dio un traspié por darle vueltas la cabeza. Estaba a punto de caer al suelo pero se agarró a la barandilla, así pudo sostenerse. Cerró la ventana, volvió a su habitación y se sentó en el borde del sofá.

La ventana estaba llena de gorriones, como siempre… Por las mañanas se posaban ahí por las migas de pan que arrojaba su madre. Se las comían, movían rápidamente sus cabezas de un lado para otro, muy contentos, saltando por encima unos de otros, parecía que jugaban a pídola. A veces, con sus ojos pequeñitos, silenciosamente, se la quedaban mirando a través del cristal, le sonreían maliciosamente.

Por las mañanas, su madre se levantaba, con su cara de sueño iba directamente a la cocina, cogía un trozo de pan, arrojaba las migas en la barandilla de la ventana, apoyaba la cabeza en la ventana y miraba cómo las picoteaban.

Se mezclaron los sonidos de los gorriones al picotear con el ruido de su máquina… Le faltó el aire… Se levantó, caminando lento, como si saliera a cazar, se acercó a la ventana, tiró cuidadosamente de la manija y la abrió…

Los gorriones estaban muy cerca… sin hacerle caso, saltaban gorjeando…

Tocó con la mano a la barandilla de la ventana. Los gorriones volaron revoloteando…

En su palma ya había algo. Por fin pudo agarrar un gorrión.

El cuerpecito del gorrión, suave como la seda, le cosquilleaba en su palma. Su cabecita, del tamaño de un guisante, se movía de un lado para otro, la miraba fijamente, con sus ojitos negros y parecía que le sonreía de nuevo.

La ira que corría por todo su cuerpo la descargó en el gorrión que tenía en la palma de su mano.

Dio la vuelta al cuerpecito muerto del gorrión en su mano.

Aquella sonrisa todavía permanecía en la carita del gorrión. Apretó su cabecita con sus dedos y, como si girara la llave, la arrancó de raíz y fue a la cocina a tirarla a la basura. Al volver a su habitación sentía que le temblaban las rodillas. Se sentó en el sofá y se miró las manos. También le temblaban.

Al poco tiempo llegó su padre. Estaba enojado. Y, al parecer, ebrio. La besó en la mejilla con su cara peluda. Luego se sentó en su lugar de siempre, en el sillón que estaba enfrente de la televisión.

Se sentó al lado de su padre y apoyó su cabeza en su pecho. La camisa de su padre estaba mojada. La casa está muy fría dijo su padre. Luego la beso en la cabeza.

Él olía a sudor…

Por la mañana no se oía el sonido de la máquina de coser ni de la televisión. Parecía que no había nadie en casa.

Se levantó, se puso las pantuflas y estirando los brazos, salió al pasillo.

Al ver abierta la puerta de la habitación de su padre se asombró y asomó la cabeza.

La habitación no estaba igual. Parecía como si hubiera cambiado. La máquina de coser había desaparecido. Y su escritorio, como un objeto en desuso, había cambiado de lugar, ahora estaba en un rincón. Ni siquiera estaba ese espejo en que se miraba su madre. En general, parecía como si hubieran desaparecido las cosas de su madre. Su sillón estaba en el centro de la habitación, y ahí se había sentado su padre. Había cubierto con sus manos su cara peluda. Estaba fumando. Al ver a su hija se levantó.

Ella vio que sus ojos se pusieron rojos.

            -   ¿a dónde fue? preguntó ella.

No sé dijo y, encogiéndose de hombros, la miró con esa cara de infeliz.

Se quedaron abrazados por un tiempo, demasiado tristes.

La atmósfera en torno a la ventana era de sosiego. No se escuchaba el trino de los gorriones… Se dio la vuelta y entendió a dónde se fue su madre. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Su madre había ido con los gorriones…

FIN

1990

 



La vigesimonovena letra del alfabeto azerbaiyano